Segundo Cuento: La Mujer que Encontró la Felicidad
La mujer que encontró la felicidad, se casó a corta edad con un adinerado hombre poco mayor que ella, se encontró rodeada de lujos y amor, pues su esposo en verdad la idolatraba, tuvieron dos hijos, una bella niña y un galante varón. Años transcurrieron y eran una familia feliz. El esposo se encargaba de la administración de una fábrica y la mujer hacia labor de hogar, siempre le quedaba tiempo libre y salía al centro de la ciudad a pasear y comprar lo que le pareciera agradable y le sacara una sonrisa de la cara.
Un día en uno de esos paseos llegó a la tienda de un pintor, al entrar se asombró… era maravilloso lo que veía… muchos lienzos donde el pintor plasmaba imágenes comunes para los ojos de cualquiera, pero que a aquella mujer le transmitían emociones que no creyó posible conocer, el cuadro de un lago durante la noche, donde el pintor plasmo el reflejo de la luna y que la estremeció de frio y nostalgia… el cuadro de un paisaje veraniego y una casa en la colina, que le recordó el aroma de los pinos y el calor húmedo junto con la fresca brisa… el cuadro de un frutero con manzanas, peras y naranjas, que le recordó la dulce cena de navidad y el día de gracias.
Las pinturas eran comunes a los ojos de cualquiera, adornos sin significado, que solo se verían bien en la estancia o sobre la chimenea, ni siquiera portaban marco, pero aquella mujer se enamoró de ellos…
Al girar la vista al mostrador vacio y tocar la campanilla lo vio… al pintor, un joven andrajoso, con las ropas manchadas de pintura, la cara salpicada de pecas rojas, azules y verdes y las manos malolientes de solvente… y por primera vez sintió en su cuerpo el latido incontrolable de su pecho… el calor que ruboriza sus mejillas y el adormecimiento de la lengua cuando tartamudea… El pintor al verla se quedo perplejo… sus ojos por primera vez sintieron vergüenza de ser vistos, escondió las manos que comenzaban a sudarle y corrió a lavarse la cara sin decir una palabra…
La mujer esperó sin darse cuenta… el pintor volvió al mostrador… sin decir más palabras se besaron… se abrazaron… y no se volvieron a separar…
Nadie supo mas de ellos… pero una noche, de luna llena, en la casa junto al lago donde la luna se refleja… junto a la mesa con el frutero… sentados en la banca de madera… dos ancianos… abrazados, partieron del mundo sin decir adiós…
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- Después de todo existen finales felices, al menos estos dos se quedaron juntos – dijo el espíritu.
- ¿Te lo parece? – preguntó la madre naturaleza – y ¿qué me dices de su familia?, los abandonó sin cuestionamientos, sus hijos crecieron sin su madre y ni siquiera saben la razón. Los actos de uno tienen consecuencias en los actos de los demás. Sigue observando pequeño espíritu, pronto llegará tu turno.
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